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AI Brain Fry: Ahora trabajo para mis agentes de IA

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AI Brain Fry: Ahora trabajo para mis agentes de IA

Es medianoche. Debería estar durmiendo, pero en vez de eso estoy viendo si puedo sacarle una última tarea a Claude Code.

Por lo visto, que la inteligencia artificial haga el trabajo ya no era suficiente. Ahora necesito asegurarme de que siga trabajando mientras yo duermo.

Muy eficiente. Muy saludable.

Hace unos tres años quería crear Nimbus, una app del clima con personalidad propia. Tenía la idea, sabía cómo quería que funcionara y contaba con el criterio de diseño, pero no con las habilidades técnicas suficientes para programarla yo solo.

Luego vino Renshi, un proyecto inspirado en mis clases de chino y en mis ganas de explorar una forma diferente de aprender el idioma.

Ambos eran proyectos que probablemente habrían terminado en alguna carpeta de ideas pendientes. De esas que uno promete retomar cuando tenga tiempo, aprenda otra tecnología o encuentre a alguien que quiera programarlas.

La IA cambió eso.

No me dio las ideas. Me dio la posibilidad de finalmente construirlas.

Y eso me encanta.

Cuando todo se vuelve posible

El problema es uno solo: no siempre sé cuándo parar.

Me he llegado a gastar los tokens de toda una semana en dos días. A veces siento la necesidad de encargarle otra tarea al modelo antes de irme a dormir. No porque realmente la necesite en ese momento, sino por algo más peligroso: simplemente porque puedo.

Hace poco me encontré con el término AI brain fry, que describe esa fatiga mental que puede aparecer al interactuar y supervisar herramientas de inteligencia artificial de manera intensiva.

Me sonó sospechosamente familiar.

En una conversación de NPR sobre una investigación relacionada con este fenómeno, se hablaba de personas que saltaban entre diferentes herramientas de IA, revisaban constantemente lo que producían y terminaban abrumadas por el volumen de trabajo que ellas mismas estaban gestionando.

Mientras escuchaba, pensé: Eso es exactamente lo que me está pasando.

Lo curioso es que no me agota construir. Disfruto genuinamente de eso. Lo que resulta agotador es decidir qué merece ser construido, qué funciones realmente importan, qué priorizar y cuándo algo está, por fin, lo bastante bien.

Antes, la pregunta era si sería capaz de construir una idea.

Ahora, muchas veces, la pregunta es por qué sigo añadiéndole cosas.

La IA redujo las barreras técnicas para desarrollar software. Lamentablemente, no hizo que priorizar fuera ni un poco más fácil.

Al contrario, ahora cada idea viene acompañada de un pensamiento bastante peligroso: «Bueno, probablemente también podría construir eso».

Y ahí vamos otra vez.

Felicitaciones, eres el gerente

La ironía es que estas herramientas debían aligerar nuestra carga de trabajo.

En cambio, a menudo me encuentro supervisando varias tareas a la vez, revisando código generado, evaluando resultados y decidiendo cuál debe ser el siguiente paso.

Sin planearlo, me convertí en el gerente de mi propio equipo de trabajo artificial.

A veces bromeo llamando a mis agentes «mis esclavitos». Les asigno tareas y los dejo trabajando, convencido de que de alguna forma descifré el secreto de la productividad.

Salvo por un pequeño detalle.

Todavía tengo que revisar lo que hacen, aprobar los permisos que van pidiendo, comprobar que los resultados tengan sentido y asegurarme de que no hayan decidido resolver un problema completamente distinto.

Eso de «dejarlos trabajando» resulta ser bastante menos relajante de lo que imaginaba.

Por lo visto, no soy tan jefe como creía.

Los llamo mis esclavos, pero al final del día soy yo quien termina trabajando para ellos.

Mis empleados no necesitan dormir, lo cual suena maravilloso, excepto porque su gerente parece haber olvidado que él sí.

Y he empezado a notar algo todavía más absurdo.

Antes me sentía productivo cuando terminaba una tarea. Ahora, a veces, siento que estoy desperdiciando tiempo si alguno de mis agentes no está haciendo nada.

Puedo estar descansando, viendo una película o simplemente haciendo otra cosa y, de pronto, pensar que podría haber dejado una funcionalidad en desarrollo.

Como si tener una IA sin trabajar fuera una oportunidad desperdiciada.

Se suponía que estas herramientas iban a liberarme tiempo, no a hacerme sentir culpable por tenerlo.

Pero tampoco puedo culparlas.

Claude no aparece a medianoche para exigirme que implemente otra funcionalidad. Soy yo quien abre la terminal.

La IA simplemente hace que decirle que sí a una idea sea demasiado fácil.

Y cuanto más rápido produce, más cosas tengo que revisar. Una función nueva, otra mejora pendiente, una idea secundaria que parece interesante explorar.

De repente tengo una lista interminable de tareas que nadie me pidió hacer.

Ni siquiera tengo un jefe que me presione.

Me basto yo solo.

La verdadera habilidad es saber cerrar la pantalla

Nimbus todavía tiene frases que necesito revisar. Renshi necesita pulir algunos detalles de interfaz y un espacio básico para estudiantes antes de que me sienta cómodo compartiéndolo con más personas.

Y siempre aparece algo más.

Una funcionalidad que podría mejorar la experiencia. Una interacción que podría ser más intuitiva. Alguna idea que se me ocurrió mientras hacía otra cosa.

Como diseñador, siempre he sabido que un producto no necesita ser perfecto para salir al mundo. El software real rara vez lo es.

Lo difícil es aplicar ese mismo criterio cuando ahora puedo construir casi cualquier mejora que se me ocurra.

Antes, muchas ideas quedaban descartadas porque desarrollarlas requería demasiado esfuerzo.

Ahora tengo que descartarlas por una razón mucho menos cómoda: porque, sencillamente, no hacen falta.

Hace poco me alejé del código intensivo durante unos días. Viajé, conversé con personas y aproveché para compartir algunas ideas de Renshi directamente con mi profesora de chino.

Fue una experiencia curiosa.

Llevaba días pensando en funcionalidades, ajustes y posibilidades para el proyecto. Sin embargo, una conversación con alguien que realmente conoce el contexto de aprendizaje me ayudó a identificar cosas que no había considerado y a cuestionar otras que probablemente no eran necesarias.

Y no hizo falta abrir una terminal.

La IA rara vez me discute una idea si no se lo pido. Le digo que quiero añadir otra función y, en lugar de preguntarme si alguien la necesita, empieza a ayudarme a construirla.

Bastante considerada de su parte.

Demasiado, quizás.

Una persona, en cambio, puede preguntarme para qué sirve algo, decirme que no lo entiende o sugerir una solución mucho más sencilla.

Lo interesante es que esto no debería sorprenderme.

Llevo años trabajando en UX. Sé que diseñar no consiste en añadir funcionalidades, sino en entender problemas, cuestionar decisiones y encontrar soluciones que tengan sentido para las personas.

Pero ahora que puedo construir mis propias ideas con relativa facilidad, parece que necesito recordármelo.

La IA me permitió hacer cosas que antes no podía. No quiero perder eso, ni mucho menos dejar de aprovecharlo.

Sin embargo, también estoy descubriendo que tener la capacidad de construir algo no significa que necesariamente deba hacerlo.

Y quizás ahí está mi versión del AI brain fry: no estoy agotado por tener que hacer todo el trabajo, sino por intentar gestionar todo lo que ahora puedo crear.

La solución probablemente no sea buscar otro agente, probar un modelo más rápido o encontrar una forma todavía más eficiente de trabajar.

A veces es simplemente cerrar la laptop.

Algo bastante sencillo que, por alguna razón, me está costando más de lo que debería.

Todavía tengo que aprender cuándo una idea ya recibió suficiente atención, cuándo un producto está listo para que alguien más lo use y cuándo una tarea puede esperar hasta mañana.

Supongo que podría pedirle a Claude que me ayude a organizar mejor mis prioridades.

Aunque, pensándolo bien, probablemente terminaría dándole otra tarea.

Y ya es medianoche.