Hablo de UX porque es desde donde me toca vivirlo, aunque sospecho que esta conversación ya dejó de ser solo nuestra
Tenía este texto guardado hace días. No lo subí antes por una mezcla clásica de procrastinación y perfeccionismo absurdo. Lo cómico es que, en lo que tardé en decidirme a publicarlo, salieron un par de modelos nuevos que volvieron obsoleto el debate de la semana pasada y le dieron toda la razón a lo que escribí abajo.
Hace unos años, una parte absurdamente grande del trabajo de un UX Designer consistía en mover cajas, dibujar flujos ideales que ningún usuario seguiría jamás, armar wireframes en escala de grises para parecer estratégicos y discutir durante media hora si ese botón realmente debía estar ahí
Hoy una IA hace todo eso antes de que se enfrie tu café matutino.
Resume entrevistas, detecta patrones, propone user journeys, genera pantallas completas, escribe el código frontend y, para colmo de males, te redacta una justificación teórica impecable de por qué tomó cada decisión. Incluso empieza a resolver con soltura problemas que jurábamos que requerían "sensibilidad humana".
Ahí llega la pregunta incómoda que nadie quiere hacer:
Si la máquina investiga, estructura, diseña y redacta… ¿para qué te estamos pagando a ti exactamente? (miras al techo y silvas )
La salida fácil serie el refugio moral: "Nuestro valor está en la empatía, en el criterio, en conectar con el dolor del usuario".
Hermoso eslogan para una taza. Pero insuficiente.
La IA ya puede imitar bastante bien las señales que solemos asociar con empatía, propone criterios razonables y desmenuza sistemas complejos sin cansarse.
Buscar desesperadamente “una habilidad que la máquina todavía no sabe hacer” es una estrategia bastante frágil: Esa frontera se mueve cada dos por tres . Y nosotros, o al menos yo, no aprendemos a esa velocidad.
Tampoco nos hagamos las vístimas; la obsolescencia no la inventó OpenAI o Anthropic . Entras a la universidad y lo que te enseñaron en primer ciclo ya huele a naftalina en el décimo. En tecnología el chiste se cuenta solo: puedes pasar meses dominando una herramienta y terminar justo a tiempo para descubrir que apareció otra que hace parte del trabajo por ti.
Hace poco intenté armar mi lista de supervivencia profesional para no terminar desfasado: Thinking in Systems, Good Services, Continuous Discovery Habits, HAX, PAIR, Service Design, Product Thinking…
Una lista impecable. Y angustiantemente larga.
Podría encerrarme seis meses a devorar libros, frameworks y metodologías con nombres en inglés. El pequeño detalle es que, para cuando termine el último capítulo, los modelos con los que empecé ya serán reliquias, el mercado habrá inventado otra moda y alguna de las capacidades con las que planeaba diferenciarme ya vendrá integrada por defecto en un comando de texto.
Intentar ganarle a la IA en una carrera de habilidades técnicas parece una terrible apuesta. Siempre habrá otro framework esperándote en la esquina.
Por eso la pregunta correcta no es:
¿Qué puedo hacer yo que la IA todavía no haga? (Esa respuesta caduca el próximo martes).
La pregunta real es (según estudios hechos por la universidad de ningún lado):
¿En qué tipo de profesional te conviertes cuando saber ejecutar técnicamente algo ya no basta para diferenciarte?
De mover píxeles a negociar la realidad
No caigamos en el cliché corporativo de que el UX está pasando de “hacer pantallas” a “hacer cosas estratégicas”. Eso suena inflado y no dice nada.
El cambio es bastante más crudo.
Estamos pasando de fabricar artefactos a enmarcar problemas, definir criterios, priorizar necesidades reales, negociar concesiones miserables y entender el sistema completo.
La interfaz sigue existiendo, claro. Solo que ya no es el centro del universo ni el límite del problema.
Cuando levantas la cabeza del lienzo de diseño y miras el servicio entero, te estrellas contra la realidad: procesos rotos, bases de datos heredadas de 2008, políticas corporativas absurdas, restricciones legales, operaciones al borde del colapso y excepciones de negocio que jamás van a verse bonitas dentro de un mockup pulcro.
Ahí las fronteras de los cargos se disuelven. Y no solo porque empecemos a meternos en terreno de producto o tecnología, sino porque cayó otro muro sagrado: la separación entre diseñar algo y construirlo.
Y ahora, lamentablemente, cualquiera puede construir
Durante décadas existió un pacto tácito: el diseñador entregaba un prototipo precioso y se desentendía, esperando que algún desarrollador hiciera magia para traducirlo a la realidad (y culpándolo si no quedaba idéntico).
Esa distancia acaba de evaporarse.
Con herramientas de generación de código y la ola del vibe coding, cualquier diseñador con tres dedos y medio de frente puede describir una idea, levantar un prototipo funcional y probarlo con usuarios reales sin tener que rogarle prioridad al equipo de ingeniería.
Es fascinante. Y también un peligro inminente.
Que ahora podamos construir cualquier cosa en minutos no significa que debamos construirla.
Cuando producir era caro y tomaba semanas, la fricción técnica servía de filtro natural contra las malas ideas. Hoy ese filtro desapareció. Puedes escupir cinco variantes, tres flujos alternativos, dos dashboards y una app completa antes de que termine el día.
La productividad se luce increíble en un post de LinkedIn. El desastre detrás de lo que construiste, un poco menos.
Y el otro gran riesgo es la dispersión absurda: research con IA, copy con IA, UI con IA, prototipado con IA, agentes para automatizar agentes. Corremos el riesgo de convertirnos en una navaja suiza hiperactiva con cuarenta herramientas abiertas a la vez: muy ocupados, muy modernos, muy todo... muy nada.
Cuanto más barata se vuelve la producción, más caro y escaso se vuelve el criterio para decidir qué vale la pena construir.
La abundancia de herramientas no reemplaza el pensamiento crítico; lo vuelve urgente.
Entonces, ¿hacia dónde apuntar?
No existe una receta única, y por favor, que a nadie se le ocurra actualizar su titular de LinkedIn a "Senior AI Human-Centered Ecosystem Strategist". Por favor , no
Pero sí creo que hay varias direcciones que empiezan a tener sentido.
- Producto : para dejar de diseñar en el vacío y entender métricas, incentivos financieros y experimentos reales.
- Service Design: para aceptar que la experiencia del usuario rara vez se rompe en la pantalla, sino en la logística, el soporte o la operación interna.
- Systems Thinking: para anticipar efectos secundarios, dependencias y consecuencias no deseadas que ningún "happy path" suele mostrar.
- Arquitectura y Sistemas de Diseño: para estructurar reglas, gobernanza y estándares que escalen más allá del capricho visual de turno.
- Human-AI Interaction: para diseñar productos donde el sistema ya no solo muestra datos, sino que interpreta, toma decisiones y comete errores por su cuenta.
- Criterio técnico (y algo de código): no para convertirte en dev senior, sino para entender la viabilidad real, dialogar con la máquina y no diseñar fantasías inviables.
No se trata de coleccionar certificaciones como si fueran figuritas de álbum. Intentar abarcarlo todo es la receta perfecta para la parálisis. Se trata de entender hacia dónde se desplaza el valor y elegir qué tipo de fricciones complejas quieres resolver.
Durante años definimos nuestra profesión por los entregables que producíamos: wireframes, entrevistas transcritas, prototipos interactivos, componentes.
Buena parte de eso hoy puede producirse automáticamente.
Quizá ya sea hora de definir nuestro trabajo no por lo que “dibujamos”, sino por lo que ayudamos a decidir: qué problema atacar, qué funciones NO construir, qué reglas éticas o de negócio deben gobernar el sistema, y cuándo conviene frenar a la tecnología antes de que automatice un desastre a escala.
